para lo pequeño, para lo cotidiano.
Poesía para el dolor sincero,
en miles de balcones abiertos
dejando escapar sus aromas,
sus perfumes de no ser perfectos.
Con olor a crema para curar heridas,
con olor a ternura revuelta en la cena.
Olor, olor...
olor a pan,
a mercado,
a noche dulzona,
a ladrillo rezumando amor.
Es lo pequeño, lo que se escapa, lo acongojante,
por cotidiano, por necesario, por relevante.
Como un diario de páginas sin brillo,
sin sus hojas de color salmón.
Queriendo atrapar un deseo
con un trébol de dos suertes,
como caracoles que asoman sus cabezas
casi todos los lunes al sol.
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| Ilustración: El cielo por el tejado |
Revientas de vida con tu día a día,
poesía cotidiana,
y te empapas de sabor a sudor.
Sabores nómadas, ausentes,
que luchan por llegar a tiempo,
que se afanan por no perderse nunca
el beso puérpero de la madrugada.
La vida cotidiana que nos devuelve,
que nos lleva a labrar el surco,
una y otra vez trazado.
Trepando, por tu balcón de mañana silbando,
esperando,
toda la mañana con harina en las manos,
los vapores de los juegos y tu risa,
inundando.
Lo cotidiano,
ese balcón que se abre y deja escapar su canto.
