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martes, 18 de noviembre de 2014

La palabra

Cuando era niña, quizás con ocho o nueve años, solía levantarme muy temprano los fines de semana, me gustaba estar a solas en el salón, en silencio, con todos dormidos todavía y coger la enciclopedia de la librería. Leía las definiciones de las palabras, una a una, aleatoriamente. Disfrutando del placer de descubrir.

Quizás porque estamos montando una pequeña biblioteca infantil en el grupo de juegos de la Asociación de vecinos me ha venido a la memoria estos recuerdos. Ver a Nino entusiasmado colaborando conmigo y con otros adultos y niños codo con codo revisando libros, organizando edades, decidiendo estantes...

Ilustración: El cielo por el tejado


Cuando era pequeña, desde que nací hasta justo los nueve años, pasaba largas temporadas en cama, enfermaba a menudo y eso me brindaba la oportunidad de poder leer a mis anchas, de poder aprender de verdad empapándome de todo aquello que necesitaba. Mi madre me traía a la cama el montón de cuentos que yo devoraba uno tras otro en aquellas interminables mañanas convalecientes. Practicamente siempre eran los mismos, tenía una pequeña colección (que aún guardo) de cuentos clásicos y fábulas. Esopo, Andersen, y alguno más se colaban en la cama conmigo y convertían mi pequeño cuarto en un bosque lleno de historias de animales, princesas, moralejas y sucesos fantásticos. Alguna vez me traían, comprado en el kiosko de prensa de la esquina, alguno de esos cuentos troquelados con historias típicas de mujeres muy pobres que lograban conquistar a grandes príncipes. Dibujos con grandes cabezas, mejillas sonrosadas y largos vestidos entallados.

La pequeña biblioteca que estamos amasando tiene mucho de polvo y viejas historias. Libros y cuentos cedidos, donados, regalados o abandonados a su suerte asoman su patita por debajo de la puerta en espera a que alguien les abra. Algunos con más de treinta años de vida. Otros son nuevos a estrenar, con olor a papel y tinta de papelería. Donados por una editorial que tiene claro que leer no es cosa de niños, sino de personas que lo necesitan y que, a veces, miden poquito.

Recuerdo que tenía unos diez años cuando escribí una novela. Una familia entera que huía de la vieja checoslovaquia para escapar de la guerra. Recuerdo el mapa que trazaba el camino errante, la búsqueda de las ciudades, los nombres impronunciables que encontraba a mi paso. Y sobre todo las imágenes. No hice ni un sólo dibujo de aquello que imaginé pero en mi mente quedaron prendidas las escenas que trasladaba en palabras. De forma misteriosa aquellas palabras dibujaban en mi mente de forma permanente.

Ilustración: El cielo por el tejado


Entre mis editoriales favoritas, no es ningún secreto, está Kalandraka. Hace sólo unas semanas que recibí un correo de ellos respondiendo a mi solicitud de libros para nuestra pequeña biblioteca de barrio. Es un barrio humilde, de realojos, casitas de obra y población que no tiene fácil el acceso a la cultura. No sé si nos hizo más ilusión que alguien prestase atención a nuestro pequeño proyecto o que fuese precisamente esa editorial, llena de autores con sensibilidad y amor por lo diferente la que respondiese a nuestra llamada. Quizás por eso, por diferente, se colaron sus álbumes ilustrados, enormes y llenos de color, entre nuestros pequeños estantes.

Yo no pensé que tuviera tanto que decir mientras escribía todo aquello en mi pequeño cuarto en casa de mis padres. Ni sabía en aquel entonces que con todas esas lecturas estuviese rellenando los estantes vacíos de mi propia niñez. Devoraba la palabra, definida en diccionario o navegando entre historias, daba igual. Pero devoraba.
La palabra. La importancia de decir lo que necesitas. La necesidad de encontrar la palabra. Y el regalo de que alguien ponga la palabra junto a ti, en ese preciso momento en que tu lo necesitas.
A veces hay palabras que llegan a ti y duermen hasta que un día despiertan. Como los bebés que comienzan a hablar después de tanto tiempo callando. Y a veces hay palabras que llegan tarde a ti, pero las recoges igualmente con dulzura, las incorporas a tu escenario y las vives con pasión hasta que decides que ya no las necesitas más porque puedes superar todo aquello que expresaba.
La palabra viva, la palabra oculta y la palabra durmiente. Todo aquello allí estaba, y yo sólo tenía que abrir el cuento y leer para cazarla.



Mi sincero agradecimiento a la editorial Kalandraka, y a Maria Luz por la donación de esos libros que tantos momentos vividos con pasión nos van a regalar a todos (grandes y pequeños) de este barrio sencillo.

Mi pequeño homenaje a mi madre, que tanta pasión por la lectura me regaló en mi infancia, que no tengo espacio en blanco en esta hoja para escribir mi agradecimiento.

Mi gran admiración por mi pequeño gran lector que aún no sabe leer, por ese gran enamorado de las historias que ya las sabe contar, por esa pequeña sonrisa que se le escapa cuando asoma la cabeza al cuento y me dice mamá... ¡cuéntame más!



jueves, 9 de octubre de 2014

Una escuela en movimiento. La cultura y el amor.

Estoy enamorada, pero completamente enamorada de la idea de poder ofrecer otra educación diferente a la que yo recibí de pequeña. Pero no va a ser diferente por ser escuela libre, no va a ser diferente por la atención y la escucha que va a disfrutar, por la libertad con la que se va a poder mover en las horas que no estoy con él. No. Estoy completamente enamorada de la idea de criar y educar a mi hijo en la cultura de la participación, de la implicación, de seguir las creencias que te nacen de dentro, de mirar en la dirección que te parece más coherente, de tirarte a la piscina, saltar al vacío y abrir los ojos y encontrarte rodeada de gente que trabaja en cambiar el rumbo. Eso es cultura.

No soy perfecta, hijo, no puedo ofrecerte una completa seguridad personal, una higiene psicológica completa, una vida perfectamente estructurada. No soy esa madre que al principio de tenerte entre mis brazos aspiré a ser. Pero soy yo, con esta decisión soy yo, y puedo ofrecerte una vida de verdad. No una vida de mentira en la que no creería. Con esta decisión, con este salto al vacío, con esta forma de complicarnos la vida de una forma tan bonita, me voy a hacer más yo todavía. Y ese, cariño, será tu regalo para toda la vida. Poder ser lo que necesito ser y escucharme por dentro. Y tal vez, aunque no soy perfecta, llegue un día en que tu te escuches por dentro y quieras ser lo que necesites ser en cada momento.



Tal vez nos equivoquemos, tal vez no sepamos bailar aunque te oigamos cantar, pero todo lo que somos, lo que soy te lo habré ofrecido. Viviendo la vida como casi hubiera querido. Sin grandes logros, con cobardías que rugen por dentro. Pero amándote lento, como yo lo intento conmigo misma, con mi corazón de tortuga. Ofrecerte lo bello, sin ser perfecto.

No sé a dónde nos llevará esto, una escuela que respira vida en movimiento. Que te acoge con silencio, con orejas que se agrandan, con mayores que se empequeñecen. No sé a dónde nos llevará esto, pero el silencio construye y deja oir lo que la vida te tenga que decir, y ese será un gran tesoro para ser feliz.
Espero que algún día sepa porqué hice esto, porqué nos metimos hasta el fondo de algo que se mueve en silencio. Una escuela en movimiento, a ritmo de pasos pausados y gestos. Como el cuadro de El descendimiento, esa danza silenciosa de trajes y marcos dorados. Van der Weyden te adivinó el ritmo, así, tan lento, de suspender la vida y sostenerla sin vacilar ni un momento.

Todavía está todo muy lejano, los proyectos se juntan y se organizan, desaparecen y aparecen otros nuevos. Todavía está todo muy difuso. Pero hay algo que se acerca. Irremediablemente.

Estoy enamorada, completamente enamorada de vivir queriendo amar esta locura de mundo, y cada vez que decido que me embarco en un proyecto pienso que tu verás en mi lo que es vivir amando. Colaborando, cooperando. Haciendo que todo este mundo sea poco a poco, la flor que respira aire puro, que se siente amada aún lejos de su principito.

lunes, 19 de mayo de 2014

Ser de papel y lápiz (Sueños II)


Te pido permiso para dibujar en ti. Perdóname, no quiero reescribirte, no me mal interpretes. Sólo quiero acompañarte desde mi viejo lápiz de mina.

Desde hace algún tiempo me he dado cuenta, que quiero dibujarte los sueños nocturnos. Sólo poner un par de trazos, quizás alguno más que se me ocurra.

Y es que por las noches, a partir de ahora, dibujaré una sonrisa al dormir contigo e ilustraré tus cuentos mientras sueño. Que nada enturbie tu paz, que todo lo pueda por ti. Que los lobos sean lobos, y no maldad que se ensaña. Que la princesa no se salve sino que amenace volver.

Sólo así podrá ser. Que despacio, como un caracol que se arrastra, te acompañe a vivir.

Cómo acompañarte a vivir tus miedos, si no es como un caracol.
Cómo acompañarte a vivir tus riesgos, si no es con el vientre sobre el suelo.

Desde hace algún tiempo tengo el pincel preparado. Desde hace algún tiempo quiero dibujar otra forma de mirarte, con la mancha repartida por todo el papel, sin juzgarte, respetando tu forma original, sin empañar la línea que te forma.

Ilustración: El cielo por el tejado

Y es que sólo quiero dibujar tus sueños, los que tienes por la noche, que te persiguen a veces. Sólo quiero ilustrar tus cuentos para que sepas que estoy ahí, así callando, mientras duermes. Para acompañar tus pasos por la tierra de los dragones, que no son de fuego, sino de leche. Y se ríen mientras duermen y te llevan a cualquier lugar.

Sé que no soy quien para decirte qué es este mundo. Sé que no puedo, ni quiero, ni debo, colorearte lo que es gris, o blanco o negro. Pero yo sólo quiero estar ahí,  acompañándote en silencio, cuando quieras cerrar los ojos. Cuando mires a otro lado, cuando la imagen sea tan fuerte que no sepas quitar la mirada.

Yo sólo quiero dibujarte un sueño, con tapa dura y entelado.
Yo sólo quiero estar contigo como si tu fueras el lápiz y yo el papel preparado. Acompañando los trazos, recibiendo el grafito, apostando por las líneas que suben más alto.

Como un caracol tendré que pintar de blanco la estela de mis pasos, para que sepas por dónde paso, para que sepas que yo he caminado.

No quiero dejarte huella. Que mi lápiz no apriete el soporte.
Sin improntas, sin señales.
No habrá marcas imborrables.
Yo sólo quiero dibujar en tus sueños. En esos que no se recuerdan, pero que dejan una sonrisa ligera en el rostro cuando despiertas.




Para dibujar en los sueños puede hacer falta...

Una libreta en blanco, para que admita todos los trazos, puede ser que en el bosque de tu interior haya más líneas de las que a primera vista parece...

Pasar una tarde mirando las nubes, dejándo que sea cualquiera la forma que aparezca, permitiendo entrar a dragones y murciélagos en el imaginario... es importante no marginarlos 

Olvidar de qué color son los árboles, el sol, o las mariposas... es mejor que cada vez que lo dibujes tengas que elegir cúal color darles porque depende de la hora del día, de lo que hayas comido, o del humor que te pase por las arterias puede que lo veas en distintas tonalidades 

sábado, 15 de febrero de 2014

Una ciudad de Patchwork

Son las 22,30h. La noche está fría, a mi pajarillo dormido le recojo sus pies debajo de las mantas. No vaya a coger frío que la noche está muy blanca…

Ilustración: El cielo por el tejado

Sospecho que el invierno viene frío. Sopesé comprarme un abrigo, de lana y pelos que cosquillean la nariz. Pero... sólo me abrigaría a mi. Ni los bancos del parque, ni la cola del INEM, ni el perro de la señora Angelita, ni la parada del bus, ni la trenza de mi vecinita de enfrente podrían cobijarse allí.

Oh... Sospecho que hace mucho frío en todas partes. Debajo del barrio y encima del cielo, allá donde se ve todo con más acierto. Así que pensé que tendría que buscar algo que siendo largo fuese asequible, siendo alto fuese sencillo, siendo cálido tuviera huecos por dónde respirar.
Y no encontré nada. Nada más que muchas telas distintas que no sabía dónde colocar. No sabía dónde mezclar. No sabía por dónde clavar la aguja para empezar a coser. A hilar.

Y entonces, cuando supe que tenía mil pedazos que volaban por toda la ciudad, que tendría que recorrer largas distancias con mis pies diminutos, de la mano de un pequeño de tres años, agachándome en cada trozo de vida que recorría... entonces decidí dejarme arropar. Ya está, pensé, el frio llegará.



Y así fue cómo ella me encontró a mi, una colcha de Patchwork tejida para todas. Y me dejé unir, mezclar, asociar.
Coserme en esta almazuela de fragmentos de tela, que abriga las tardes en vela, las noches de piénsame dentro, los días en blanco con un bebé en brazos.
Era grande, suave, cálida, hecha con hechos, con pasos pequeños, con sonrisas tímidas y abrazos tiernos. Con olor a leche, a mochilas y a deseos. De vivir como un todo entero, cada una, en su pequeño cielo. Una manta de Patchwork que arropa pasos inciertos, alegrías y penas que tienen nombre, apellido y documento. Aliviando la carga, animando al camino, haciendo de la ciudad un lugar que sea eso, un lugar para el encuentro.

Un cálido crisol de vidas que nos de abrigo.
Donde no haga falta que cada palo aguante su vela. Sino que todas las velas se sostienen al calor de una colcha hecha de partes que se juntan. Que anuda, que socorre.

Viviana escucha  atenta. Encierra en todo lo que no dice varios años de traslados. De un país a otro, de una casa a otra. Pariendo a sus hijos en el tránsito, en la búsqueda de un lugar. Un lugar para hacer, para construir. Quizás no sueña un hogar. Quizás porque ya lo tiene, lo sabe hacer con el pan, con amor y una cuerda y una caja. Viviana sabe construir, tejer una red que nace de su útero y se extiende haciendo tejido, regalando a los demás, enganchando a la alegría de hacer juntas el camino.




Una manta que está hecha de besos que no se dan, porque madrugan.
Porque están cansados. Porque no han venido a cenar.
 
Anielka es madre porque así lo quiso. Sola. Anielka dice que siempre fue muy familiar. Allá dejó a su hermana que se quiere casar, y a su padre, ya viudo que le cuida un familiar. Quiere buscar un trabajo, pero necesita mejorar su idioma. Y homologar su título. Anielka ha encontrado el amor. Espera todo el día a que sea de noche, para encontrarse, para enredarse. Con ese amor que le procura sueños. Que le regala abrazos que llenan agujeros. Que duelen pero no tiene tiempo de verlos. Con su bebé creciendo, que empieza a hablar, que la quiere enamorar.


Un Patchwork tejido con cuidado, una a una, mujer a mujer.
En esta ciudad de los fragmentos.

De las partes que te envuelven para decir que el colectivo te arropa.
Que te puede dar calor si te unes a su urdimbre.


Maribel se separó. Su melena medio gris medio salvaje le cae sobre los hombros. Tiene la sonrisa de la libertad. La que exige esfuerzo y mirarse dentro sin perder de vista a los demás. A veces me cuenta que cuando la visita su hija prepara un té caliente y unas pastas de cariño, pero no quiere oír hablar de volver otra vez. Que no va a recorrer el mismo camino gastado, transitado, agotado. Y debe decírselo con cuidado, delicadamente para no romper el frágil cristal del corazón de los hijos, que está atado a los padres en un punto fijo. De soldadura de plomo.

Una almazuela hecha de olor a mandarina,
de palos guardados en la mochila,
de piedras que inundan los bolsillos.
De ganas de llegar al abrigo de otra historia.
Para hacerla juntas, viendo crecer a nuestr@s hij@s




Sospecho que el invierno viene frio.
Levantaré una esquina de la colcha de almazuela y meteré debajo tantas caricias que se quedaron por el camino, camino de los vientres de mujeres que acogen, camino del invierno.
Haré un hueco grande, que suspire si hace falta.
Haré un hueco gratis, para que nadie quede fuera.
Y lo forraré de piel de camello y de alpaca. Con olor a incienso de otras tierras.
Enamoradas, de la vida que generan.


Acalorada, con las mejillas coloradas, busco debajo de la manta.
Y veo unos pies que no son los míos.
Unas manos que aguantan el otro extremo.
Y alivian mi esfuerzo. Pieza a pieza formando un todo de piel y de versos.



Buenas noches a todas…
…desde mi tejado tejido con decenas de fragmentos…


Al calor de la lana tupida se puede encontrar un montón de rostros y experiencias para tejer juntas:

Para tejer navegando: webs para crear redes, en FEDALMA  encontraréis asociaciones de apoyo a la lactancia en cada ciudad, ofrecen grupos que son también espacios para compartir la crianza…
Y si pinchas aquí  hay unas cuantas redes de madres más…


Para disfrutar de lugares comunes, para sentirse como en casa:

La música: “Hechos de gente” de Pedro Guerra. Otras vidas, otra gente tan diferente entre sí, que animan al futuro, que forman un crisol.



La lectura: Obstare Es una editorial dedicada a la maternidad, puedes escoger entre un amplio abanico el libro que más te convenga.
El cine: “Luna de Avellaneda”  de Juan José Campanella, como tejer en colectivo, desde las vivencias de un barrio...



Ilustración destacada: El cielo por el tejado
Todas las ilustraciones: El cielo por el tejado

miércoles, 22 de enero de 2014

Un huerto llamado Tierra (Sueños I)

Ilustración: El cielo por el tejado


Ayer mi pajarillo me contó un sueño que le inunda las noches. Un sueño que habla de ecología y de equilibrio, y como él tiene un sentido del orden tan elevado me preocupa que mañana por la mañana no encuentre el mundo tal y cómo él lo dejó. En ese mundo estaba feliz, tenía un huerto grande y redondo, como una pelota, en él cogía tomates y hundía los pies en el barro de los surcos regados. “Mamá, y como es pequeño lo llamaré Tierra…”.

Tierra, pensé, ¡que nombre más adecuado para un huerto sin dueño, regado por 5 océanos…!
Los niños se creen sus sueños. No diferencian realidad de ficción. Como un indígena del amazonas cree en su chamán, como un chamán cree lo que sus sueños le dictan. Y aquel planeta con el que jugaba estaba en el terreno de lo sagrado, en el territorio de los sueños.

“En mi mundo en flor transporto
todos los mundos que fracasaron”

 R. Tagore, Los pájaros perdidos


…Hay que vivir cultivando nuestro huerto, dijo Voltaire. Y mi huerto, que es un poco el de todos, a menudo está un poco seco, un poco descuidado, un poco lleno de plagas…

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Foto: El cielo por el tejado

La tierra hace tiempo que lanzó un grito, y nosotros no estamos sordos. Sabemos, pero no hacemos.
Los que poseen el mundo, y los que luchamos por habitarlo hace tiempo que estamos oyendo a los que no lo poseen, a los que luchan por no ser expulsados. De su tierra, de sus lugares, de su dignidad de no habitantes. Y nosotros oímos pero no escuchamos. Porque escuchar requiere ponerte en el lugar del otro.

Dice Marc Augé (antropólogo francés) que existen lugares que son no-lugares. Donde uno no es. Porque no puede ser. En los espacios donde no se convive, donde te miras los zapatos en lugar de a los ojos, donde aprietas una tecla en vez de la mano cálida, donde pagas con dinero en lugar de con un beso…

Quiero acercarme a ti, al otro, y no siempre se cómo.

Me inventaré un modo de abonar nuestro camino, surco a surco. De maceta a maceta. Veneraré al Dios de las lluvias para que empape la tierra de formas de entendernos. Y que en ese entendimiento fructifique otra forma de mirar la naturaleza. Juntos. Para que nos muestre el respeto por la tierra. Por el lugar, el si-lugar definitivo que nos da cobijo, alimento, terreno para sueños…
Me acercaré a ti, al otro, al que comparte conmigo el planeta con la ilusión de que broten las utopías, las ideas, las ganas de hacer...
Como el Principito que regaba su rosa, cuando la abandonó supo que era única, que era SU rosa…

rosa
Ilustración; El cielo por el tejado


Para que no abandonemos el proyecto de ser personas: hortelanos de una misma huerta. Una huerta sostenida. Sostenible. Que no sea devorada por los baobabs…

Para que no dejemos pasar la primavera sin sembrar una semilla.

Tendré que regar el huerto del desencuentro, la diferencia, dónde crecen tomateras que no se entrecruzan, que desprenden incomprensión. Es un huerto de soledades que comparten metro cuadrado, que no se riega hace tiempo. Pequeños plantones que se rozan en el autobús sin saber si ese brazo sufre, si esa manga no tiene con quien hablar, si esa mano cuida de uno o de tres. Si ya se casó. Si perdió el amor. Si perdió a su mejor amigo, la forma de mirar, las ganas de contar, de acudir, de trabajar, de protestar…

Perdimos.

Perdimos a los chamanes y buscamos, como una pantera su presa, una noche mágica que nos devuelva los sueños. Pero las noches mágicas de los adultos hay que trabajárselas. Ingeniárselas. Arriesgarse y meterse en faena. Mancharse las manos, sudar la cabeza.
Y si un día tenemos un sueño, cultivarlo, porque los sueños son sagrados, debemos perseguirlos o nos perseguirán a nosotros: Devastando los mares, arrasando los bosques. Dejando sin infancia a los principitos que riegan su rosa entre montañas de estiércol, en las afueras del mundo.

Cultivaremos el sueño y lo tendremos, ¡seguro!: un huerto cultivado, redondo como una pelota. Con el que jugar y hundir los pies en el barro. Así, como lo dejó un niño… hace apenas dos horas.

Felices sueños avistando la Tierra…
…desde los sueños de un niño…


“La noche besa al día que declina y le susurra:
soy tu madre la muerte. He de darte nueva vida.”
Rabindranath Tagore, Los pájaros perdidos


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Foto: El cielo por el tejado



P.D: Mireia, son tantas las semillas, y tan grande la tierra… ¡no abarcaremos con la mirada toda la naturaleza!
Habrá tanta vida…

 

Para soñar despiertos, para trenzar lianas dentro de nuestros sueños:
Un cuento para pajarillos: Duerme bien, pequeño oso de Quint Buchholz, Lóguez Ediciones (La ilusión de un mañana da alas a los buenos sueños…)
Un libro de poesía: El jardinero de Rabindranath Tagore, (la naturaleza como parte de lo que somos…)
Una canción: Colores de Topo
Un himno: Aceituneros de Jaén por Paco Ibañez

Ilustración destacada: El cielo por el tejado
Fotos e ilustración: El cielo por el tejado




miércoles, 8 de enero de 2014

Queridas reinas magas...

Yo, de mayor, quiero ser reina maga.

No me interesa la monarquía, ni tampoco el poder en sí. Tampoco envidio la magia, tengo de sobra para los dos cada día.

Lo que quiero es ser reina maga, así sin mayúsculas. Quiero ser invisible a todo lo que me vino impuesto. Lo que me trajo mi sexo al nacer, lo que me trajo la maternidad en esta cultura tan de mentira... quiero ser hacedora de sueños visibles. Viajera de otras tierras que trae medio mundo en su frasco de mirra.

No me digáis que no os gustaría ser reina maga. Al menos por un día. Y decir cuando llegue la noche que vais  a dormir habiendo empaquetado el mundo. Como un regalo sorpresa, como un detalle precioso. Para hacerlo digerible, para dotarlo de magia, para poder agarrarlo con las manos llenas de levadura y masa.

Ilustración: El cielo por el tejado


Yo misma, mañana mismo, voy a a ser reina maga. Así con minúsculas. Sin acentos en las cuerdas vocales, sin negritas que remarquen la importancia. Sólo seré reina maga envuelta en una capa de misterio. Rodeada de cascabeles que resuenan. Pequeños flases de ilusión, sombras y ruidos de noche que nos traen tantos recuerdos.

Hoy mi pajarillo decía que había escuchado cascabeles, que andaban cerca los reyes magos. Muy cerca, mi niño, pensé, muy cerca de ti.

Hoy me planteo cuanta magia hace falta para poder seguir creyendo en lo que de verdad importa.
Cuanta magia hace falta para leer el periódico, escuchar la radio, charlar con el carnicero de las noticias del día.
Cuantos quilos de caramelos tirados por el suelo hacen falta para endulzar las páginas salmón de la economía.

Pesar los quilos, restar disgustos, dejar de rendir cuentas a los que firman... si la realeza sirve para algo, que desaparezcan los ogros y se salven las princesas.


nochemaga
Ilustración: El cielo por el tejado

Voy a ser la reina maga que yo misma me pido ser. Voy a ser reina maga por un día, o por tres o cinco o diez...

Tal vez en esa noche de magia me encuentre alguna reina más. Tal vez todas podamos ser reinas de vez en cuando, y hacer justicia de barrio, paz de mercado y derecho internacional. Tal vez no sea tan difícil sentirnos con decisión, con capacidad, con toda la intención, de borrar y cuenta nueva todo lo que está matando a los reyes magos de oriente, a las que vienen de poniente, a los locos del sur en patera, a las que cruzan Europa desde el este y desde el otro oeste.

Felices noches de reyes, y que sean más de una, más de diez y más de ochenta.
Las noches que hagan la magia, la justicia, que echen al malo, que traigan estrellas de sol desde Australia.

Felices noches de reyes tengan sus majestades las madres, que no tienen trono, que no usan camello, que traen más vida que oro, más besos que mirra, más pequeños tesoros que libretas de ahorro...

...Felices noches reinas magas,
desde mi avioneta cargada de ilusiones....



Para descansar de tanto trajín nocturno, nos puede servir un poco de…
Una película: Qué bello es vivir de Frank Capra, un clásico del cine, la historia de un rey mago… entender que las cosas pueden funcionar de otra manera.
Una web: Periodismo humano Las noches y los días contados desde otro ángulo…

Imagen destacada: Miryam
Todas las ilustraciones: Miryam