Somos mujeres creadoras: criamos, amamos... Hacemos la revolución de transformar con nuestra mirada, de dejarnos llevar por los instintos, de pensar el mundo como realmente lo parimos: justo, hermoso, sensible... En este cielo nos enredaremos juntas, para expresar la vida que nos empapa los párpados, para criar bajo otra luz. Vamos a empezar a crear otro mundo posible. Vamos a construir el cielo empezando por el tejado...
Hay que celebrar la vida, aunque celebrando la vida haya que celebrar la muerte. Hay que celebrar que la vida es vida porque tiene muerte. Y así, despacito, se van colando los muertos que se acumulan entre los propios huesos. Como una calaverita mejicana, de colores bellos, dulces, que forma parte como un mosaico de tu propio cuerpo.
Hay que celebrar la muerte a la cobardía, la muerte a la propia renuncia a ser feliz, celebrar como mueren las caras desgastadas y la voz cansada de no tener voz.
Hay que celebrar la vida que te atropella salvaje, en cada paso del camino.
Hay que reconocerla, a la vida, para poder entregarla entera.
Si no se te pierde, se te escapa...
La vida.
Y hay que celebrar la muerte, el fin, la tristeza, el odio y el miedo porque traen la lluvia que hace parar. Y morir.
Diane Arbus, fotógrafa y artista americana, se centró en retratar lo marginal, lo feo, lo extraño, lo discriminado y lo temible que hay en las personas. Diane tiene una foto con su bebé que no me puedo quitar de la mente, está asustada. Embargada de cariño pero a la vez sobrepasada por lo que acaba de ocurrir: ha de celebrar la vida y su mirada es de miedo y de pérdida.
Diane Arbus (1923-1971), fotógrafa, en dos autorretratos con su hijo
¿Dónde está la vida?
Hay que celebrarla cuando la reconoces al pasar a tu lado. Y vivir la pérdida como si todo fuese parte del mismo plan trazado.
Hay que celebrar las calaveritas, porque sin ellas la vida no es vida, es sólo algo fácil pero vacío e infertil.
Y hay que festejar también todo lo que de muerte tiene la vida.
Quiero guardar el silencio de la responsabilidad. Cuando intuyo que una sombra mía te recorre el espinazo.
El día de mañana, pequeño amor, quiero lograr mirarte a los ojos cuando sólo puedas ser lo que eres, cuando las sombras reinen en el mundo que te construyas a tu alrededor. Porque somos luz, pero también de sombras estamos hechos, y de respuestas cobardes a veces.
El día de mañana quiero amarte en silencio en tus cobardías, porque será que he amado las mias. Quiero poder amarte en silencio, con respeto, en tus huídas porque querrá decir que he sabido ver con distancia las mias. Quiero amarte en tus temores, en tus actos inaceptables, en tus noches de pérdida y desmemoria. Porque eso querrá decir que me he sabido aceptar en mis momentos turbios, reprochables. Porque eso significará que habré asumido que son parte de mi, y debo hacerme cargo de ello, con cariño, sin culpas, capaz de responsabilizarme.
Yo quiero amarte cuando falles, cuando caigas, cuando te doblegues. Quiero tomar en brazos a tu fragilidad, con cariño, y devolverle la dignidad con una mirada de amor. En silencio. Sin más gestos que la calidez de la piel al tocarse.
El día de mañana quiero que amarte sea una palabra hermosa que recorra todas tus sombras. Eso querrá decir que en el día de hoy he sabido responsabilizarme de mis sombras que danzan sobre los dos titubeantes, como velas en la noche.
No quiero que sufras, pequeño amor, pero sufrir es sentir que no te aman por no ser lo que debieras.
Quiero guardar el silencio de la responsabilidad, a tu lado. Consciente de que tal vez, sea el único modo de mirarte con amor en todos los momentos. Cuando te invaden las sombras, y cuando transportas la luz que llevas dentro.
Hacerme responsable de mis pobrezas que me llegan en forma de disparos sobre mi cabeza, devueltos por tu reflejo constante. Tomaré mis heridas y aprenderé a vivir con la marca que dejen, serán las señales de que algo pasó, de que algo quedó atrapado entre mi ser y mi experiencia. Y no volveré la cara para no negarme, una vez más.
Quiero poder amarte cuando nadie más pueda hacerlo. Y podré hacerlo porque no te juzgaré, porque tendré el amor en la boca, porque en mis manos sólo habrá la certeza de que eso fue lo único que pudiste hacer. Y entonces, sin lugar a dudas, te amaré.
Son las doce. Se ha hecho muy tarde. Hoy mi pajarillo no quería dormir, tenía miedo a algo que no sé que es… Me siento en el avión a pilotar con los bolsillos cargados de terrores infantiles y la cabeza a rebosar de estrategias para huir.
Dice que hay un monstruo que no le deja dormir… que se sube a la
lámpara y se cuelga por ahí, que le acecha, y le persigue, le echa
fuego… que sé yo… si es que así, cariño, no se puede dormir…
Lo más terrible de todo, y quizás, es el comienzo, es que a mi me pasa igual… Pero yo dormir si duermo. Lo que a veces no sé hacer es vivir. Justo al revés que él.
Y
es que hace ya algún tiempo que me dí cuenta que tengo un monstruo que
me ronda… a veces son dos, y a veces tres… ¡por algún lado se me han
colado! Le he preguntado a mi niño por si le sobraban algunos y es que
me los ha echado, pero no, dice que tiene los mismos de siempre y no le
falta ni uno (pobre).
Y yo hace tiempo que los siento, por
la nuca, por la tripa y por los huesos… creo que alguno se me coló por
la herida. Cuando tuve la cesárea. Ya decía yo que no podía ser bueno
que te abrieran tan adentro.
Y es que veces nos cuesta
mucho acabar con los monstruos que nos persiguen. Cuántos miedos
acumulamos y cuánto miedo a luchar tenemos. Como estamos educados en la
vieja moral del bien y del mal parece que queda feo declarar la guerra a alguien. Aunque sea un fantasma que te roe las entrañas, aunque sea un monstruo horrible que te hiere y te amenaza.
A
los niños con los miedos les cortamos las alas: les quitamos las
espadas y los palos, les ponemos mala cara cuando quieren combatir…
porque en el fondo nos acobarda que sean tan valientes. En el fondo nos
da miedo que ellos quieran luchar… y a ti te cercenen la idea día a
día. Que ellos quieran liberar su necesidad de SER, completos, dulces y combativos a la vez… y tu te sujetes las ganas de perderte
(dichoso autocontrol). No podemos asumir que ellos se enfrenten a sus
terribles batallas de juguete… y nosotros los adultos nos rindamos tan
fácil y tan rápido.
Yo
no tengo un caza, ni las horas de vuelo del Barón Rojo, pero tendré que
pilotar esta arriesgada expedición… buscar la manera de cazar a esos
monstruos, de impedirles la entrada, acabar con lo que hay dentro de mi
que les alimenta.
Debo buscar la manera de cerrar esos huecos dolorosos por dónde se me cuelan. Es necesario hacerlo, porque cargar con heridas tanto tiempo interrumpe el flujo del amor. Se te taponan los abrazos, se te coagulan los besos, y todo lo pides y lo das cargada de dolor. Y el dolor produce ceguera. Y además es contagioso: los niños lo absorben rápido, como un zumo de melocotón casero…
Y así, cariño, lo sé, no se puede dormir… así, de verdad, no se puede ni vivir…
Entonces me miro a mi misma. Y
miro mis miedos, acaricio mis temblores, escucho mis gritos
silenciados… Y veo mis heridas abiertas, y compruebo que no las había
cerrado. Las enumero, para no perderlas de nuevo. Me las lamo, para saborear su dolor: sin regodearme, sin autocompasión. Sólo para conocer al enemigo y empezar mi lucha. Como una loba depredadora que quiere protegerse y proteger a su camada.
El
vuelo que he emprendido es peligroso, con tres heridas abiertas y poca
visibilidad. La avioneta me sigue el ritmo, respetuosa, quizás comprenda
todo más que yo. Está siendo una noche dura: lo que almaceno en los
bolsillos pesa, las ganas de huir en mi cabeza me desbordan... Pero uno a uno les he atrapado. Los monstruos ya no pueden escapar. Y yo tampoco.
Los patitos feos de Boris Cyrulnik
Dice Boris Cyrulnik (Los patitos feos. Resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida) que a partir del instante en que nuestras heridas acceden a las palabras nos metamorfoseamos. Convertimos el dolor en representación.
Y yo para representar a mis monstruos les nombro, uno a uno, siendo esto lo más duro:
“A ti te conozco desde la infancia. No puedo ver tu rostro, pero reconozco tu olor tan familiar. Me hiciste daño y me dejaste sola y desprotegida. Ahora yo temo no saber proteger a mi hijo”
“Tu me acompañas hace años, eres la voz que siempre me dijo que no podría hacerlo.Nada. Nunca.”
“Y
tú llevas tres años conmigo, y me tienes calada hasta los huesos. Te
colaste por el hueco que hicieron para sacarme a mi hijo. Y aprovechaste el vacío que sentí cuando se lo llevaron, para hacer de mi terror tu fortaleza”.
No es digno seguir huyendo.
Hay que enfrentarse, declarar la guerra y combatir. ¡Que venga el
Capitán Trueno! ¡que mis pinceles se conviertan en espadas de madera!
Voy a ser la loba que se enfrenta y que muestra valor. Buscaré hasta el fondo de mi avioneta la capacidad para retomar mi historia herida y sanarla.
Vendrán otros monstruos, lo sé. Pero tendré preparada mi tela de araña,
y tejeré con tesón un lugar para encerrarlos, nombrarlos y desposeerlos
de su poder.
Mural de las Madres de Plaza Mayo
“Pienso
en ti, mi niño. No es justo que te prive, pajarillo, del derecho a
defenderte. La magia del juego pintará tus espadas y acabará con los
monstruos que en cada momento aparezcan. Y aparecerán de nuevo, ya lo verás, para hacerte crecer, como a mi. Para que te sientas vivo, como yo ahora”.
Vuelvo
de la batalla cansada, pero orgullosa. Viva, y con tres cicatrices. A
veces molestan, quizás algún día se reabran y habrá que sanar de nuevo.
Pero ya conozco el camino, he nombrado mi angustia y puedo reescribir
mi dolor con trazo seguro. Con un lápiz que no se borre, una tinta que
no se corra.
Esta lección de vuelo ha sido dura, dura y muy larga. Así es como aprendemos a volar, a volar más alto… más felices, y más sanas. Queriéndonos.
Felices sueños a todas…
…a dos mil metros de altura, y subiendo…
Para aquellas que han sido heridas en el campo de batalla… o no:
Un libro: de Boris Cyrulnik “Los patitos feos. Resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida”(para adultos que así no pueden vivir)
Un cuento:Harold y el lápiz color morado(para niños que así no pueden dormir)
Una canción: Gone gone gone (done moved on)Robert Plant y Alison Krauss de su albúm Raising Sand (para celebrar que eso que te hizo mal ya se ha ido, para subir muy alto...)
Ilustración destacada: Voladora de Sueños para El cielo sobre el tejado
Fotografía: Voladora de Sueños desde Argentina para El cielo sobre el tejado